El niño teólogo

CAROLINA BAERTSCHI

 

Durante mucho tiempo, los niños han sido considerados ignorantes e insensatos, a merced de sus pulsiones. Tal imagen no nos permite ver a los niños como seres poseedores de una espiritualidad.

Gracias al desarrollo de las ciencias humanas en el siglo XX, la imagen de los niños empieza a cambiar. En el ámbito de la educación, Jean Piaget ha aportado una nueva concepción del niño como resultado de la psicología del desarrollo, estableciendo como tesis de base la idea de que los niños se apropian del mundo a su manera, que se construyen un universo para ellos mismos. Si, por lo tanto, los niños construyen su propia representación del mundo, ¿no es esta misma tesis válida para la realidad religiosa?

Es al final del siglo pasado cuando la espiritualidad de los niños se convierte en objeto de estudio. Se ha puesto de manifiesto como parte constituyente de la vida infantil un proceso que se desarrolla paralelamente a su personalidad. Toda persona desde su más tierna infancia tiene por lo tanto una dimensión espiritual, lo cual se evidencia tanto en la biblia como en la reflexión teológica y la investigación de las ciencias humanas. Esta apertura a la trascendencia le sitúa frente a un misterio; con la necesidad de dar un sentido a su vida, comenzará una búsqueda para encontrarlo. Un niño integrado en una familia, una cultura, una sociedad, entrará igualmente en una religión. Reconocer la espiritualidad del niño es una primera etapa. Luego, hacerlo crecer en una religión es ponerle en contacto con la palabra de Dios, con el lenguaje de la religión y la cultura en la cual se desarrolla, y es dejarle el espacio necesario para que construya su pensamiento y ponga palabras a su fe.

El descubrimiento de la espiritualidad del niño marca, de la misma manera, una ruptura con las secuelas de ideas instaladas en Occidente durante siglos. Su reconocimiento abre el camino a tener en cuenta los pensamientos y las expresiones de los niños acerca de Dios. Por ‘teólogo’, entendemos aquí la capacidad de expresarse sobre la idea de Dios. Hablar de ‘el niño teólogo’ ¹ es creer que, por su comprensión del misterio, el niño nos abre a una dimensión que nuestra racionalidad adulta ha olvidado a veces y la cual puede reactivar. Es reconocerle la capacidad de una reflexión sobre Dios como persona que piensa y que se plantea interrogantes. Teniendo esto en cuenta, esta noción se conjuga en tres pasos: una teología por los niños, con ellos y para ellos. Las tres son, una tras otra, necesarias.

La teología por los niños: escuchar y tomar en consideración con seriedad las interpretaciones de los niños.

La teología con los niños: tomar las respuestas y las interpretaciones de los niños como punto de partida para un intercambio teológico entre adultos y niños. A través del diálogo, todos descubren vías de reflexión suplementarias que les permiten avanzar hacia su propia comprensión.

La teología para los niños: aportar elementos de la tradición y de la Biblia que permitan de manera constructiva a los niños avanzar en su reflexión. De esta manera, los niños profundizan de manera orientada en su propio cuestionamiento.

Durante mucho tiempo la teología ha sido considerada una ciencia. Se enseña en la universidad para formar ministros y expertos en materia de fe; especialistas de la Biblia. Hoy en día, ya que la comprensión de la teología se ha ampliado, cada uno y cada una puede ser teólogo, los niños incluidos. Podemos diferenciar la teología de los profesionales por el grado de conocimiento y complejidad de la reflexión pero también podemos reconocer como completamente válidos los comentarios e interpretaciones bíblicas de personas que no tienen estudios.

El niño se sitúa en una teología intuitiva, mística y simbólica. Su expresión se funda inmediatamente en la experiencia, con poca base racional pero con mucha imaginación. El niño se interroga de manera natural para llegar a comprender lo que le sucede. A menudo, nos vuelve a llevar a las preguntas fundamentales de la existencia. El niño puede igualmente acoger la revelación, hacerse una representación de Dios, que le es propia según el estado del desarrollo religioso en el cual se encuentra. Contempla esta realidad y se maravilla. Se expresa con palabras si se le pregunta o, a veces, de manera espontánea. Pero su comprensión está en el orden de la intuición, no del razonamiento. Esto no impide que el adulto pueda dar a su expresión un valor teológico.

La fe es la actitud interior del que cree. La fe, la confianza y la obediencia están unidas. Se trata de dar el consentimiento a lo que no sabemos. ¿Y qué hay del niño? Desde su nacimiento, se abandona en las manos de su madre, de su padre y de sus familiares. El niño tiene la capacidad de confianza total y esta incluye la confianza en Dios. Solamente podrá fortalecerla y experimentarla en un clima de seguridad y de protección. El rol del adulto o del educador cristiano no será precisamente el de aportar o de enseñar la fe, porque la fe es un don. Con el crecimiento del niño, el sentimiento de confianza será herido, traicionado a veces en sus relaciones humanas y su relación con Dios será igualmente alterada. El educador religioso podrá acompañarle en estos procesos y ayudarle a ajustarlos apoyándose en la palabra de Dios y en la tradición eclesial. Hará teología con y para el niño; le conducirá a precisar y aclarar su pensamiento, su intuición y su fe. Un día, el niño tendrá que posicionarse respecto a su fe y elegir libremente si desea seguir creyendo en Dios, en Aquel que le fue presentado durante su educación. El bagaje religioso que habrá recibido le permitirá pasar de la confianza innata a un compromiso personal que le involucra en una relación con Cristo.

 

El lugar del niño en la educación cristiana

 

La reflexión teológica y los nuevos puntos de vista resultantes de la investigación sobre la espiritualidad infantil han dado lugar a una nueva manera de concebir la educación religiosa. En una catequesis de transmisión, una respuesta infantil sorprendente corre el riesgo de no ser entendida puesto que este tipo de lección se encuadra en un contexto de enseñante a alumno. Puesto que el niño ‘no sabe’ y que debe ‘aprender’ todo, el catequista espera de él las respuestas correctas o erróneas. Todavía hoy tenemos tendencia a imponer desde el exterior un conjunto de conceptos religiosos que se deben conocer. Las nuevas propuestas de catequesis que surgen ponen el acento sobre las experiencias de fe vividas antes que aprendidas.

Pionera en este ámbito, María Montessori ha dado a la educación fundamentos que corresponden a las aspiraciones psíquicas del niño. Desde su punto de vista, el niño lleva todo su potencial humano dentro de él desde su nacimiento. La educación buscará que alcance su plenitud, proporcionando un ambiente que le permita descubrir por sí mismo aquello que necesita para crecer. El adulto, de esta manera, va al encuentro del niño; se adapta a él en lugar de imponer.

En efecto, los niños piensan de manera diferente a los adultos. Interpretan de manera diferente los sucesos, ven el mundo de manera distinta y juzgan de manera diferente el origen y el fin de la vida humana. Como consecuencia, existen también diferencias radicales entre el adulto y el niño cuando se trata de considerar la vida humana bajo el prisma de la religión. El desarrollo religioso se efectúa por etapas, las cuales son un instrumento para comprender la argumentación de los niños. Existen oportunidades para una educación que busque introducir una etapa superior del discernimiento religioso.

El concepto de ‘niño teólogo’ comprende la teología como ‘discurso sobre Dios’ dentro de las condiciones de la realidad humana. En este sentido, podemos observar y acoger con satisfacción la manera en la que los niños ven y piensan las realidades cristianas. La educación religiosa es necesaria, pero para que la imaginación teológica de los niños pueda desarrollarse, debe ser alimentada por relatos, imágenes y conceptos. Puesto que los niños perciben el mundo con su imaginación, el adulto corre el riesgo de ahogarla con la razón. Se trata, pues, de enseñar el lenguaje religioso sin rechazar o juzgar lo que es producido por la fantasía de los niños. Tras tres siglos de valorización de lo racional, resulta difícil salir de la rivalidad adulto-infante, razón-imaginación para descubrir la riqueza de su complementariedad.

Ahora bien, hablar de ‘el niño teólogo’ es reconocer a los niños la competencia de interpretar los textos bíblicos a su manera. Se trata, pues, de esforzarse por comprender qué es lo que el niño quiere comunicar y qué papel juega su pensamiento ‘teológico’ en su realidad.

Aunque proporciona el acceso a la tradición judeocristiana, la catequesis parte de una concepción grande y pluridimensional de la reflexión, que no se limita únicamente a la transmisión de respuestas de la tradición, sino que da lugar amplio a la apropiación. El niño se apropia de la experiencia religiosa en medio de la realidad que está viviendo. Para los niños más mayores en particular, la transmisión y las explicaciones solas no garantizan el desarrollo religioso. Este se pone en marcha cuando el niño se enfrenta a conflictos teológicos que afectan a sus ideas previas y que le empuja a establecer un nuevo equilibrio a través de la adquisición de nuevos contenidos y/o nuevas estructuras de pensamiento o de fe. Es importante ofrecer posiciones diferentes como posibilidades de significado alternativas y no ofrecer verdades inmutables. Pero también es importante afirmar su fe. Frente a las dudas del niño, una madre o una persona cercana puede dar testimonio de lo que cree. Sus argumentaciones participan también en la construcción del significado de Dios.

Se trata, por lo tanto, de proponer métodos que proporcionan a los niños la posibilidad de compartir sus visiones del mundo, de la vida y de Dios. Deben despertar el interés por una cuestión o una temática, suscitar una actitud de cuestionamiento y, al mismo tiempo, proponer contenidos. Cada niño construye una representación de Dios que le es propia; pero después de su análisis, no obstante, tiene similitudes con la representación de otros niños. Aun a pesar de que la imagen de Dios que tiene cada uno está destinada a evolucionar, es esencial que el niño sea capaz de examinar sus propias opiniones ‘teológicas’ con serenidad y sin temor a ser ridiculizado o regañado. De hecho, su imagen de Dios es la parte visible de las capas más profundas y sensibles de la psique, y deben ser abordadas por lo tanto, con cautela y respeto. Los niños tienen derecho a mantener su representación de Dios tanto tiempo como les sea necesario. Pero debe ser corregida para evitarles sufrimientos si esta les produce miedo o si les bloquea en su evolución personal. Por ejemplo, cuando una representación de Dios se acompaña de sentimientos de culpa y de pecado, o si implica comportamientos restrictivos, contraria a la libertad, como respuesta a un Dios exigente, es necesario intervenir. En ese caso, el educador religioso propondrá una representación de Dios diferente.

Según nuestros conocimientos, las prácticas catequísticas que van en este sentido son: ‘La Catequesis del Buen Pastor’ de Sofía Cavalleti, presente sobre todo en Italia y en América Latina; los ‘Debats Théologiques’ (Debates Teológicos) practicados en Montpellier y en otros lugares presentados en el DVD ‘Dieu? la parole aux enfants’ (¿Dios?, la palabra a los niños); y ‘Godly Play’ practicado en el mundo anglófono en los Estados Unidos, Canadá e Inglaterra, pero también en Finlandia, Alemania o España. Estos sistemas insisten en la importancia de conocer el desarrollo sicológico y religioso del niño, que son indispensables en el esfuerzo de comprensión que se debe hacer frente a sus construcciones teológicas. Estas prácticas proponen un autentico desplazamiento de los protagonistas de la educación religiosa. El lugar que ocupa el niño se convierte en central, allí donde Jesús mismo lo ha puesto, a su lado; y la postura del educador se reencuentra en el papel tanto de catequizante como de catequizado.

 

La postura del adulto en la catequesis

 

‘El niño teólogo’ implica una cierta postura de parte de los adultos que se encuentran con los niños en esta pedagogía catequética. Esta considera que el niño tiene también una experiencia de la vida, y que con su lenguaje rudimentario tiene cosas que decir sobre lo que vive. La responsabilidad del adulto es la de ayudar al niño a acceder a un lenguaje, el lenguaje de la fe, que tiene un contenido y una necesidad de ser pensado, de ser hablado y de ser experimentado. Necesita, por lo tanto, un lenguaje. El adulto se convierte en una especie de vigía intelectual que interroga al niño para que este argumente y clarifique lo que quiere decir.

Anteriormente, la transmisión de la fe imponía una cierta manera de creer. Aquí, se trata de acompañar al niño en su propio caminar. El educador puede testimoniar lo que piensa, lo que cree, pero sin decir “esto es así”. Esto supone abandonar la posición de omnipotencia delante del niño. No se trata de desvanecerse, sino de decir cómo ve las cosas sin imponerlas, porque la palabra del adulto se impone fácilmente al niño y puede impedir que este haga por sí mismo su propia reflexión.

Esta actitud permite desarrollar en el niño su propia manera de comprender en lugar de querer corregirla. El adulto le acompaña en sus preguntas, respuestas, sus eventuales evoluciones. Debe discernir sus intervenciones para ayudarle a explicar claramente su pensamiento. Nadie busca el tener la razón a toda costa, sino que en una búsqueda común y en un intercambio sereno, cada uno aporta sus elementos, considerados de igual valor. El adulto no debe tener miedo de las preguntas de los niños, ni de no saber responderlas. Puede decir que lo que pregunta es interesante y proponer que reflexionen juntos. “¿Qué piensas tú acerca de esto?” “¿Qué pienso yo?” A veces el adulto se molesta porque cree que está obligado a tener todas las respuestas. Es esencial mostrar al niño que se puede vivir con una pregunta abierta, sin tener siempre una respuesta clara y nítida. Las dudas están permitidas y forman parte de nuestra creencia. La vida es una alternancia de dudas y convicciones. Entender esto tranquiliza y gracias a los intercambios, el niño comprende que otros experimentan lo mismo; el cuestionamiento y la actitud de búsqueda permiten superar los momentos de crisis, especialmente durante la adolescencia, y mantienen la fe sin rechazarla. Plantearse preguntas da un sentido a la vida. Es importante, a cualquier edad, mantener los interrogantes y valorar la curiosidad.

El educador religioso tiene la gran responsabilidad de hacer percibir al niño qué relación podemos tener con Dios. Si es lo suficientemente atento, paciente y escucha al niño, este comprenderá mejor dónde está Dios y cómo Él es con nosotros.

 


¹ Renunciamos a yuxtaponer la masculinización o la feminización de los términos. Según el contexto, emplearemos el uno o el otro, entendiendo que se puede tratar en cada ocasión de un niño o de una niña.


 

Caroline Baertschi

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Carolina López Sánchez-Migallón, nació en Ginebra de padres españoles. Casada con Paul Baertschi, tiene una hija y un hijo, ya casados, ¡y dice ser “una abuela feliz”! Lleva mas de 30 anos como catequista de niños, y trabaja en el Service Catholique de Catéchèse (Servicio Católico de Catequesis) en Ginebra desde hace 5 años.

Recientemente ha completado 3 anos de estudios en el Institut Romand de Formation aux Ministeres (Instituto de Formación en Ministerios de la Suiza Francesa) en Friburgo. Su trabajo final de diplomatura se tituló: ‘L’Enfant Theologien’. Les paroles des enfants en résonances à la Parole de Dieu entendue, ont-elles une valeur théologique? Vérification dans le concept du Godly Play. (‘El nino teologo’. ¿Tienen algún valor teológico las palabras de los niños cuando responden a la Palabra de Dios? Verificación en el concepto de Godly Play). En este trabajo presentó el método de Godly Play con una análisis de algunas lecciones que había observado.


Texto original: www.ligue.ch/N5551/de-la-spiritualite-de-l-enfant-a–l-enfant-theologien.html

Traducción al castellano: Ismael Arnoso Fernández

© 2015 Godly Play España. Todos los derechos reservados.


 

BIBLIOGRAFÍA (en francés)

MONTESSORI, Maria, L’enfant, (Psychologie), Desclée de Brouwer, Paris, 2004.

OSER, Fritz ; GMÜNDER, Paul ; RIDEZ, Louis, L’homme, son Développement Religieux, Cerf, Paris, 1991.

RAINOTTE, Guy, Dieu? La parole aux enfants, Pédagogie pour une spiritualité en mouvement, DVD, Méromedia, Paris, nov-déc. 2010.

WEBER, Hans-Ruedi, Jésus et les enfants, le Centurion, Paris, 1980.

LACOSTE, Jean-Yves, Dictionnaire critique de théologie, (Quadrige), PUF, Paris, 2002.

 

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